Imperativos para un presente aturdidor
Por: Duilio Medero
A comienzos del decenio de 1970, la Cinemateca Nacional de Venezuela exhibió el selecto programa de la serie televisiva inglesa Civilisation, del historiador y crítico de arte Kenneth Clark. [1] Años coincidentes con el lanzamiento por Monte Ávila Editores del libro Mnemosina, paralelo entre la Literatura y las Artes Visuales, de Mario Praz. [2]
A los ojos de los estudiantes universitarios y de la Escuela de Arte «Cristóbal Rojas» impresionaba la expresión de Kenneth Clark, tan desbordante y a la vez conciso en aquel caudal de filosofía del arte, historia, estética, erudición… Se sentía la necesidad de situar, de definir a un autor, en aquellos tiempos en los que gravitaba el peso de las definiciones ideológicas en el mundo intelectual, afán acelerado desde el Mayo francés de 1968, y con sus propias resonancias también en el ambiente venezolano, donde, con ímpetu, iban abriéndose paso procesos creativos y de investigación estéticos y literarios muy fecundos: Jesús Soto, Adriano González León, Carlos Cruz Diez, Luis Britto García… y toda una pléyade de nombres que a fuerza de innovación dejarían huella en diversos órdenes de la cultura.
El paralelismo formulado por Praz, exploraba con acierto la dimensión de las interconexiones que se dan entre todas las artes en un determinado momento histórico, algo sobre lo cual la ciencia siempre tendrá mucho que revelar. En Civilisation, su autor se afianzaba en un postulado de John Ruskin: «Las grandes naciones escriben sus autobiografías en tres manuscritos —el libro de sus hazañas, el libro de sus palabras y el libro de su arte. Ninguno de estos libros puede ser entendido a menos que leamos los otros dos, pero de los tres el único confiable es el último».
Hoy ese despliegue interactivo lo vemos agigantado a todos los niveles, tanto en la metodología como en el hecho de haberse convertido en verdad cotidiana el tremendo problema de las implicaciones: la civilización a la cual dedica su exploración Clark es la Occidental, de asombrosa capacidad de destrucción; contradictoriamente, entre las sociedades de tan sonoras hazañas en el enunciado de Ruskin se hallan las que asolan a naciones y pueblos para someterlos a sus designios, sin contar el colonialismo que protagonizaron. Las complejidades allí implicadas hacen oscilar la conciencia entre la perplejidad y el aturdimiento, muy especialmente por el hecho de que están comprometidas las fuerzas vitales de una civilización, ésta en cuyo curso hoy vamos tambaleantes y que nos asedia de imágenes e impresiones, seducción y ruidos, tanto como de interrogaciones y peligros.
Conciencia crítica y sensibilidad
Rupturas y rebeliones marcaron siempre con increíble fuerza el desarrollo de corrientes artísticas y literarias; síntesis y recuperaciones; aunque menos llamativas y estruendosas estas últimas, van dando estructura a la vida, y por supuesto, a las civilizaciones, un proceso en el que precisamente Kenneth Clark ahondó con claridad meridiana, dándole al arte una preeminencia que nos brindó una perspectiva serena y bien dotada para entender en algo la historia. No obstante, la percepción del proceso civilizatorio nos obliga, como agentes que hoy lo vivimos, a ser muy conscientes de varios fenómenos. La explosión tecnológica ¿a dónde nos está llevando la inmersión ya abrumadora de su producción de imágenes? ¿Es la visualidad exacerbada, ésta que se apoderó de las redes sociales y la publicidad, la impuesta por la cibernética y sus lógicas binarias, lo que se avizoraba y saludaba en las mentes de los grandes investigadores del siglo XX, entusiastas del futuro? En cierto modo, hoy nos parece ingenuo y morboso el afiebrado entusiasmo con el que Marinetti celebraba en su «Manifiesto Futurista» de 1909, su ímpetu destructivo hacia bibliotecas, academias y museos, la adoración del vehículo a motor, la cultura de la «eterna velocidad omnipresente», todo en aras de la rebelión poética. Sin embargo, no es posible vivir permanentemente en el frenesí de la destrucción de formas, ni hacer de ese llamado de Marinetti, sobre la velocidad, una manera cotidiana de vivir, de la cual está excluida la calma y el sosiego —so pena de neurosis o esquizofrenia—. El vértigo de tal velocidad —concretada en el automóvil celebrado por los futuristas como símbolo por excelencia de los nuevos tiempos—, convertida en proclama estética tiene claros límites, tanto conceptuales como prácticos. Así, por ejemplo, un cuestionamiento de la velocidad vendría de Marx Tobey (del expresionismo abstracto), quien condenaba la superindustrialización, el impersonalismo consiguiente: «...adoramos al rey de la muerte: el automóvil». Burla e ironía descargó Sacha Guitry sobre el automóvil y la velocidad: «…de la que hablan como de una cosa existente, palpable, dicen: “mi velocidad…” – “la velocidad que he hecho…”. Y la califican de maravillosa, de regular. Se acuerdan con orgullo, con ternura cuando vienen de hacer, en verdad, la cosa más efímera del mundo y de la que no puede quedar nada». [3]
La rebelión contra la máquina cuenta con un prolongado registro, así como sus entusiastas, entre quienes figuró Alexander Calder. En el Aula Magna de la UCV, donde desde 1953 se halla su obra «Techo Acústico», allí en alguna ocasión cavilamos sobre estos tópicos en la pausa de algún espectáculo. Una vieja preocupación de entonces y de hoy: la formación y estímulo de la sensibilidad. Para ello, aun los mejores métodos no son suficientes si faltan las disposiciones y las adecuadas condiciones en los marcos sociales receptores, y aquí, precisamente, reside el quid y el desborde de las interrogaciones: ¿está amenazada la sensibilidad requerida por el arte? Ya no sabemos si hemos entrado en una era de vasta integración social o de disociación insalvable.
Esta forma de cundir la información, o muchas veces desinformación, entre el gregarismo sígnico, debemos proyectarla hacia una realidad altamente sensible: en la subjetividad genera energías para moverse ante la difícil relación entre interpretación y realidad, ¿pero qué hacer ante una inactivación de todas las escales de valores, y cuando la ilusión y hasta alucinación se instalan con derecho propio para las necesidades interpretativas? No hay que perder de vista que está aconteciendo un incremento de lo incierto, pues la veracidad de la información que se sucede velozmente no es comprobable. Esto nos remite a lo planteado por Antoni Tàpies, acerca de la libertad del artista para crear y la del público para sentir e interpretar, y la acción social para la calidad de tal interpretación. [4] Se requiere reflexionar sobre los impactos que estos temas han de tener en la estética, en sociedades sumidas en una explosión de imágenes que no da tiempo a ser asimiladas. En el trasfondo cultural, nutrido de rumores, indigesto de información mediatizada, lleno ahora del aberrante síndrome de las postverdades, ¿qué nos aguarda? ¿La parálisis por cansancio o el aturdimiento por saturación? El impacto de las redes electrónico-mediáticas impondrá en nuestras facultades cerebrales un caos como el mostrado magistralmente por Salvador Dalí, lo que ejemplificaremos con su óleo «Cisnes reflejando elefantes», un anticipo de 1937 con apremiante fuerza crítica para nuestra percepción del siglo XXI. Para el caso muchos de los cuadros de los surrealistas también ilustran angustiosamente esta grave situación.
En los fundamentos vivenciales de la subjetividad se hallan los contenidos mediante los cuales se da la capacidad de acercarse y entender a los pueblos y culturas; allí está la génesis de la visión del mundo, lo que el intelecto puede aprehender. Pero allí, de igual modo vibra una humanidad siempre castigada de la que no podemos escapar, y a la que se debe acudir para en última instancia validar los criterios de toda significación, que es dable poner a prueba en la siempre esquiva realidad.
«Cisnes reflejando elefantes». Si colapsara la capacidad de filtrado ante el diluvio mediático, la percepción no necesitaría estados de conciencia alterada para ver el mundo como esta creación de Salvador Dalí nos muestra en este óleo de 1937.Se convertirá así en ilusión la tan pregonada sociedad del conocimiento.
No faltan historiadores para quienes el concepto de civilización es frágil, que preconizan que nos hallamos en una permanente vulnerabilidad. Esto llevó a Eric Hobsbawm a afirmar, hacia 1999, que marchamos hacia una nueva barbarie. No hay allí tremendismo alguno, sino una constatación de realidades que en gran parte las sufrimos hoy en las devastaciones a las que ha conducido el industrialismo contaminador, la sobreexplotación, el vértigo convertido en cotidianidad, el hegemonismo, la exacerbación capitalista cabalgante precisamente sobre el motor, no sólo de gasolina sino cibernético. Y esto lo proclama la destrucción de la misma Europa en dos guerras mundiales, la tentadora prosecución de los conflictos armados (Balcanes y Ucrania), la omnipresente pesadilla del hongo nuclear pendiendo sobre el planeta, la destrucción en Oriente Medio de ciudades para luego sus mismos depredadores negociar su reconstrucción. El saqueo de la biblioteca de Bagdad en 2003 nunca podría verse como metáfora de nada, como tampoco el incendio por fanatismo de ninguna de las tantas bibliotecas desde la antigüedad. Sorprende que en un presente así lo sensible pueda cultivarse y aflorar en medio del estruendo, en la oscilación permanente de hallarse en la cuerda floja.
En los últimos veinte años ha ocurrido una explosión, producto sin duda de un logro indudable de la civilización tecnológica, en cuya raíz se hallaba el consabido potencial de desarrollo evolutivo para la humanidad —y, por ende, para las artes— pero que llevaba en sus entrañas insospechadas capacidades de distorsión de toda índole. He allí el llamado de un toque de alarma, toda una disposición casi continua para la conciencia en el arte, la literatura, la ciencia y la ética, lo cual constituye tanto un ingrediente connatural para el estudio de estos campos, como para el cultivo de las disposiciones cognoscitivas y estéticas, la movilización crítica, y por sobre cualquier cosa: la dignidad de la vida.
El fuerte énfasis puesto sobre la «sensibilidad» como un núcleo central, capaz de vitalizar las artes y marcar el rumbo de sus búsquedas, siempre ha sido una constante vital, esgrimida tanto por conservadores como por iconoclastas, entre quienes no falta el afán destructivo y condenatorio; aunque de igual modo, emana de ella la perenne capacidad para invocar la luz. Así, Ezra Pound, en 1918, en su libro Pavannes and Divisions, en su descripción sobre la música de Arnold Dolmetsch y el desconocimiento del mismo en Inglaterra, mostraba su desagrado por un hecho «que muestra una tendencia que ya he remarcado en una civilización que descansa sobre el periodismo, y que tiene tan sólo una esporádica preocupación por las artes».[5] Mueve a perplejidad que nos hallemos en el epicentro donde se amplía aquella denuncia, con la urgencia de ser hoy conocedores de todo lo que opera tras los imperios comunicacionales, su manipulación colectiva y estandarización de pautas de conducta y preferencias políticas y culturales, todo lo cual hizo del periodismo una cruel mascarada del poder.
Interpretar el arte de los últimos años impone un ejercicio laberíntico, y una disposición flexible ante el máximo subjetivismo prevaleciente, y una extrema tolerancia emocional y simbólica. Es como verse obligado a leer el Ulises de James Joyce (en las 36 páginas del Cap. 18), teniendo que aceptar un personalismo absoluto del acto joyciano como obligación metodológica, así el interpretante impone por sí mismo sus propias pausas, marca los tiempos, dicta los significados, obligado por la falta de reglas, el quebranto sintáctico, por lo que el texto supera, por agobio, al lector. Esto trae a colación aquella demanda que hacía desde la dramaturgia el futurista Gino Severini en 1913: «Debemos olvidar la realidad exterior y nuestro conocimiento de ella para crear las nuevas dimensiones, el orden y extensión de lo que será descubierto por nuestra sensibilidad artística en relación al mundo de la creación plástica». [6]
Para el estudioso de la cultura y el arte, al sucumbir al exceso de sensibilidad, hoy los conceptos se tornan poco rigurosos (aun contando con sólidas teorías de base) y las categorías analíticas dejan de aspirar a la exactitud deseable. Así de esquivo se ha hecho ese excitante objeto de estudio que es el arte contemporáneo.
No obstante, denunciar la banalidad y frivolidades de la sociedad del espectáculo, agigantada ésta mediante la creciente informatización social, le impone a la conciencia imperativos que apuntan al resguardo de valores cardinales para la civilización misma, pero entendiendo que hay reservas y desconfianzas extremas tratándose de una tan destructiva y desfigurada como la nuestra, la cual, en última instancia, no deja valores sin desvirtuar —trátese de democracia, lealtad, libertad, belleza o lo que sea. Por ello, si esta civilización aún no ha llegado a la barbarie, al paso que vamos ya sólo está a la vuelta de la esquina que eso ocurra.
NOTAS
[1] La serie cinematográfica, en trece capítulos, fue escrita, producida y presentada por él para la .BBC. Se estrenó en 1969 y honra a la Cinemateca Nacional la prontitud con que se exhibió en Venezuela. Véase la obra original de Kenneth Clark: Civilisation, A personal view, BBC Books, London, 1969.
[2] Mario Praz: Mnemosina, paralelo entre la Literatura y las Artes Visuales, Monte Ávila Editores, C.A., Caracas, 1976
[3] Sacha Guitry: A bâtons rompus. Librairie Académique Perrin, Paris, 1981. Véase «L’automobile», pp. 125-131. Este texto corresponde a un artículo publicado por él en Annales, 19 de octubre de 1913. [La cita es de p. 131].ۜ
[4] Antoni Tàpies: La práctica del Arte, Ediciones Ariel, Barcelona, 1971.
[5] Ezra Pound: Pavannes and Divisions, Alfred A. Knopf. New York, 1918, p.145. De sumo provecho resulta el Apéndice I, «The Serious Artist», pp. 219-242, lleno de apreciaciones de Pound sobre arte, ética y civilización. Allí se pronuncia sobre el delicado tema de lo que es el buen o mal artista, algo de lo que nuestras perspectivas se beneficiarían si lo volviéramos a meditar.
[6] Russell Lynes: The Lively Audiencie. A Social History of the Visual and Performing Arts in America 1890-1950. Harper & Row, Publishers, New York, 1985, p. 185.
Duilio Medero. Antropólogo. Maestría en Historia Militar.
Investigador en el campo literario y cultural.
codaysaga@gmail.com








